“The good wife”

La tenía únicamente por una serie de entretiempo; una de esas para rellenar semanas baldías sin otra ficción más interesante que llevarme a los ojos. Pero “The good wife” se me ha acabado ganando. Sobretodo en la cuarta temporada… aunque la tercera ya me pareció notable. Y, bueno, si llegué hasta la tercera habiendo engullido los cuarenta y pico episodios de las dos primeras, eso quiere decir que tampoco me parecía tan mal hasta entonces.

Alicia Florrick ha sido, lo admito, mi principal escollo para salir del armario con “The good wife”. Me costaba reconocer abiertamente que me gustaba la serie creada por Michelle y Robert King (y producida por los hermanos Scott) porque me costaba ella. Taaaan perfecta, taaaan gran profesional y mejor persona, que daba rabia. Abogada top y mater amantísima (la utopía extrema de la conciliación), buena compañera de oficina y MILF distinguidísima, chica lista y, por supuesto, esposa ejemplar. Porque una esposa ejemplar es aquella que se sacrifica, sufre y perdona, ¿no? Uf, lo veis como cuesta.

Ahora bien, con el paso de los capítulos he ido asumiendo que si este personaje es tan blanco, tan recto y tan de una pieza, es para que todos los demás (tan turbios, tan desviados y tan agrietados) choquen con él. Sobra decir, claro, que precisamente por este contraste, el resto de protagonistas son infinitamente más atractivos que Alicia Florrick: la enigmática Kalinda Sharma, el vitriólico Eli Gold, el trepilla Cary Agos, los tiburones Diane Lockhart y Will Gardner, etc… Por no hablar ya de esos secundarios (jueces, fiscales, expertos en balística, investigadores…) que tanto se prestan a la special appearance suculenta: a lo largo de los 90 episodios de la serie hemos identificado a Michael J. Fox, Christina Ricci, Matthew Perry, F. Murray Abraham, Kyle MacLachlan, Michael Bloomberg, Bill Maher y otras más o menos sonadas guest stars (por si os queréis entretener con este tema, clicar aquí).

Poco afín como soy a las ficciones judiciales, y especialmente las televisivas, sé que si al final me he acabado convenciendo con “The good wife” es porque no la veo como si fuera un eslabón que engancha en la cadena de “Perry Mason”, “La ley de Los Angeles” o “Ally McBeal”, sino como una aplicación en el drama legal del libro de estilo de “El ala oeste de la Casa Blanca” (lo que vendría siendo: Mainstream riguroso para dummies). El ritmo de la serie es alto y la edición muy artera, los contenidos no rehuyen la complejidad y los diálogos no temen a los polisílabos y todo quiere enmarcarse en una suerte de televisión de entretenimiento, ejem, intelectual. Como la mítica serie de Aaron Sorkin, por eso, “The good wife” a veces peca de exceso de didactismo y las tramas verticales de los episodios intermedios son mucho más satisfactorias que las tramas horizontales. En esta cuarta temporada, por ejemplo, muchos casos de los que se plantean y resuelven en un mismo episodio son pleitos interesantísimos sobre la propiedad intelectual en la era 2.0, sobre aparecer o no en los buscadores de la web, sobre el dinero electrónico, sobre la validez de las grabaciones en vídeo de los smartphones, sobre memes de youtube… Es decir, que hay un esfuerzo por sincronizarse con los tiempos y plantear contenidos sobre vacíos legales muy de nuestros días.

Respecto a las tramas que abarcan toda la temporada, bueno, ahí sí que he detectado una mejoría que es la que, seguramente, me ha llevado a escribir estas líneas. “The good wife” se ha vuelto más seria y, quizá por haber alcanzado ya una envidiable velocidad de crucero en la parrilla de la CBS, se ha permitido empezar a sacudirse de encima algunos tics argumentales de serie para todísimos los públicos que la afeaban. Ahora, en paralelo a los contenidos judiciales, las intrigas empresariales y las cuitas políticas dominan por encima de las aventurillas románticas, que siempre acababan tendiendo a lo culebronero. O sea que, esta vez sí y así sí: “The good wife” se gradúa como entretenimiento televisivo adulto del bueno. Algo que por mucho traje chaqueta caro, mucho granate y negro y mucha madera noble que se utilice en la dirección artística, sólo se consigue cuando se aprietan las tuercas en guión.

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