Limónov y los libros que no he leído



El tipo de las gafas que aparece en las tres fotos de aquí arriba en diferentes etapas de su vida es el escritor Eduard Limónov. Bueno, el escritor… El escritor, el poeta, el punk, el nihilista, el suicida, el bohemio, el marginal, el ligón, el loco, el preso, el arribista, el exiliado, el homeless, el chapero, el dandy, el mayordomo, el combatiente pro-serbio, el enemigo de Putin, el líder soviético-nazi del Partido Nacional Bolchevique, el golpista y el nosécuantas cosas más. Como nos advierte y recuerda Emmanuel Carrère en la biografía semi-novelada que acaba de publicar sobre este autor ruso, aunque lo parezca, “Limónov NO es un personaje de ficción”. Cierto, no es uno: son varios personajes de ficción salidos de varias novelas y encerrados en el cuerpo de una misma persona real. No hace falta ser un gran fisononomista para darse cuenta, con sólo mirar cualquiera de las imágenes en las que aparece, que la vida de Limónov ha seguido siempre el dictado de una personalidad extrema. Por eso, su existencia ha sido tan excesiva, estridente, desconcertante e increíble. Siempre al límite. Todo lo que ha hecho a lo largo de sus 70 años es para llevarse las manos a la cabeza. A veces, sus decisiones, sus encarnaciones, son admirables; otras, repugnantes y censurables. En el computo global, por eso, el tipo no puede ser más apasionante. Además, si su vida es así, ¿cómo ha de ser su obra?

Me hago esta pregunta porque, cagondiós, aún no me he leído nada escrito por Limónov. Y me muero de ganas, claro. Devorar “Limónov” de Carrère y ponerme a salivar por lo que intuyo que me espera ha sido todo uno. Aunque me ronde la duda de que el personaje que Limónov se ha construido para sí mismo (como lo hicieron Valle-Inclán, Dalí, Gómez de la Serna, Warhol, Gombrowicz…) puede que sea la parte más hechizante de su obra, ya especulo al alza con los objetos que podía llegar a publicar este sujeto. Ardo por “Historia de un servidor”, “Historia de un granuja” o “It’s me, Eddie”. Asimismo, y para ser justos, debería reconocer que también mi interés por Emmanuele Carrère ha dejado de ser inexistente gracias a este título. Porque parte de la culpa de que “Limónov” sea una barbaridad de libro es, sin duda, suya: en este caso, es tan atractivo el observado como el observador. Ahora, hasta me podría animar a leer “El adversario” o “De vidas ajenas” que tantas veces me han recomendado y a los que tan poco caso he hecho. Si Carrère novela la realidad con tanto talento como aquí, el prejuicio que me inoculó Josep Pla cuando dijo que “el hombre que todavía lee ficción pasados los 35 años es un cretino” quedará en parte justificado y en parte mitigado.

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No me gusta escribir gratis, pero mira...
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