Billy Bragg, guitarra y viento

Supongo que lo que tocaría ahora sería hablar de “Tooth & nail”, el nuevo disco de Billy Bragg, y preguntarse si la americanización suma realmente algo a su carrera o lo resta (la resaca “Mermaid avenue” aún dura), si sus 55 años se notan más porque él quiere que se noten o si la barba le queda bien o no. Pero no me apetece hablar de Billy en términos de actualidad. Ni siquiera en términos de totalidad. Qué mejor prueba para demostrar lo grande que lo considero que analizar ciertas ramas concretas de su carrera en plan académico, haciendo foco en algún aspecto específico (y no precisamente en el mixing pop and politics de siempre), como si fuera un objeto de estudio inabarcable. Podría ponerme a fondear perfectamente sólo las canciones en las que canta con fraseo y furia Joe Strummer (“To have and have not”, “It says here”, “Strange things happen”, “Help save the youth of America”). O medir la métrica de perfecta composición pop de “New England”, “Greetings to the new brunette”, “She’s got a new spell” o “Sexuality”. O sopesar el provecho que ha sacado de sus colaboraciones con otros músicos como Kirsty McColl, REM, La Granja, Wilco o Johnny Marr (con éste último lo tengo claro: nadie ha hecho brillar tanto a Marr fuera de los Smiths como él; a la intro de “The boy done good” me remito). O defender que “Waiting for the great leap forward” es su letra con más frases-esloganes memorables, desgajables y aptos para la actualización, como hace en sus conciertos. O poner la oreja a su acentazo ¿cockney? de Essex y compararlo con el inglés de BBC…

Pero, tampoco me pide el cuerpo que me ponga ahora en plan experto hermenéutico. Prefiero, más que un marco de análisis estrecho, un disfrute parcial. Es decir: quedarme de todo su repertorio con un pequeño grupo de canciones de tratamiento instrumental muy similar que, al final, acaban siendo siempre a las que acudo buscando compañía. Son media docena de composiciones de sus primeros años en las que el joven Billy Bragg acompañaba el rasgueo despeinado de su eléctrica con alguna floritura de instrumento de viento. Un despilfarro arreglístico, si tenemos en cuenta lo esencial y básica que era su música en los inicios de su trayectoria. Pero también, un factor determinante, por mínimo que fuera, para que se produjera el flechazo.

La primera vez que me pasaron un disco de Bragg (concretamente, un casete de “Worker’s playtime” que me dejaron en un viaje de fin de curso en mitad de BUP: gracias, Óscar Canovas), pensé que faltaban instrumentos. Luego me di cuenta de que no era así: simplemente es que no eran necesarios. Todo era exacto. Ergo: ¡Les sobraban a los demás!. Por eso, cuando entraba el detallito de viento de marras, acaso acompañado de cuatro notas de piano o un contrabajo, en alguna de estas seis canciones, entendía que me encontraba delante de un lujo que había que valorar y agradecer como tal. Así eran los gestos manirrotos de la música de izquierdas: exactos y necesarios.

Si pudiera ahora contratar a Billy para un showcase breve con la única compañía de un músico más, le pediría que se trajera a su amigo el de la trompeta (o el del fliscornio) y me regalara este set list:






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