Música fina y segura


Me molestan los discos que no molestan. Y es que, lo siento mucho (bueno, quizá no tanto), pero aún no les he encontrado el qué ni a Beach House ni a The XX, dos de los grupos “triunfadores” del año pasado. Sí, me pongo los discos y son bonitos. Bonitísimos. Finos y seguros. Ninguna de sus canciones se me atraganta. Llego al final del tracklist y no ha habido estropicio alguno. Todo ha sido belleza controlada. Medida. Diseñada. Sin sobresaltos. Esto es lo que se entiende por “música buena”, por “música de calidad”, ¿no?. Aquella que te complace el gusto sin plantearte ni medio desafío. Música para montar vídeos-resumenes en TV, música para acompañar compras de ropa en tiendas cool, música para quedar bien si tienes una cena en casa. La banda sonora de tu zona segura.


La belleza, claro, está en el ojo. O, en este caso, en el oído. Por eso, a mí tanto “Bloom” como “Coexist” me parecen tan feos. Porque son dos discos presumidos de tantas veces que les han dicho guapos. Ni un sólo segundo de estos álbumes se expone a la vulgaridad, a la casualidad, a la imperfección. Por eso son tan sosos. Y por eso me quedo antes con el disco de Chromatics, a los que tanto les gusta bordear la horterada, el arreglo de mal gusto y lo estéticamente incorrecto. O con el perfume intranquilizador de las canciones borrosas de Julia Holter. Dos artistas que también podrían ser sospechosos de hacer música “bonita”, pero que tienen muchas más espinas de las que parece entre tanto pétalo.

Igual estoy haciendo falsa analogía. Igual estoy mezclando churras con merinas. Igual estoy siendo injusto o pasándome de exigente o cayendo a cuatro patas en el snobismo. No sé. Pero es que a veces me siento igual que cuando sesteaba escuchando “Diálogos 3” de Ramón Trecet. “Buscad la belleza, que es la única protesta que vale la pena en este asqueroso mundo” se despedía siempre tras haber malgastado una hora de radio, la mayoría de las veces, con nimiedades preciosistas y etéreas. Aunque, de alguna manera, he hecho caso de su consejo: busco la belleza en el disco de Swans, en el de Scott Walker o en el de Death Grips, por ejemplo. Y la encuentro, por supuesto, porque la hay: una belleza desproporcionada y desequilibrada, anómala y deforme, asimétrica y agresiva, enferma y desagradable. Belleza a chirridos. Música bruta e insegura. De la que provoca nuevas sensaciones y no arrulla las que ya tenías de antes. De la que tienes que parar todo lo que estás haciendo cuando te la pones. De la que te exige que la escuches y no te tolera que, simplemente, la oigas, ahí, puesta de fondo, como si fuera Beach House o The XX.

Acerca de ponkipons

No me gusta escribir gratis, pero mira...
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