“¿Quién no dejó que el gorila entrara en el ballet?”

Ya se me hacía raro no haber hablado nunca antes aquí de “Louie”. Así que desfazamos el entuerto: el título de esta entrada hace referencia a un chiste que la hija pequeña de Louie le cuenta durante el desayuno en un capítulo de la tercera temporada. Dice Louis C.K que ya sólo con ese set-up le parece de los mejores chistes que ha oído en su vida. Y es que, aparte de lo bizarro y gráfico que es, no puede ni imaginarse cuál va a ser el punch. Y eso, a partir de cierta experiencia y conocimiento acumulado, cuando ya te sabes todos los chistes del mundo, cuando también te sabes como van a terminar todos los chistes que aún no te han contado, tiene un valor incalculable. Incluso da igual que el remate sea malo. La sorpresa, que es la clave y la diferencia en el humor, ya está en el enunciado.

Una tasación parecida a la que hace Louie de ese chiste es la que hago yo de su serie. Su primer aval es que nunca sé por dónde va a tirar. Cuando empieza cada capítulo, soy incapaz de intuir si va a ser jocoso, si va a ser intrascendente, si va a ser muy serio o si va a ser vete a saber tú qué. En “Louie” no hay fórmulas. Todo es impredecible. Como en los propios monólogos de Louis C.K, no hay una plantilla rutinaria de guión a rellenar. Por eso la serie es tan libérrima narrativa y tonalmente. Porque no es ni por asomo una serie de género. Es una serie, ejem, de “autor”. Es lo que Louis C.K nos quiera contar y cómo nos lo quiera contar. Ficción desde el “Yo”.

Tenemos la suerte, por eso, de que a menudo este ombliguismo de autor coincide con nuestros intereses como espectadores. Porque el storytelling de Louie, por mucha fuga loquísima que incluya, a veces parece el mismo que el de los cuentos literarios modernos norteamericanos: sus relatos sin apenas tramar, sus observaciones insólitas y sus sketeches sin subrayados ni obviedades son reveladores apuntes sobre la vida de un urbanita adulto a principios de S. XXI. Slice of life de gran calado. En sus mejores episodios (“Bully”, por ejemplo), parece Richard Ford, Chester Brown o aquel Woody Allen de años ha, cuando hacía memorables películas serias, memorables comedias o memorables films entregéneros. Y en sus peores capítulos (que con tanta libertad para hacer lo que le venga en gana también los hay, como el del patito en Afganistán), como mínimo, te ha sorprendido en el enunciado. Entonces da igual que el remate sea malo.

Acerca de ponkipons

No me gusta escribir gratis, pero mira...
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