Reflexiones post-“Stop making sense”

Como en este In-edit Julien Temple se ha molestado en decirle a todo aquel que quisiera escucharle (los periodistas de los principales periódicos de la ciudad o los asistentes a su master class) que no le gustaban los film-concerts por parecerle un formato mucho más pobre y limitado que un documental; y como mucha gente salía de ver la excepcional “Shut up and play the hits” lamentando que fuera “sólo un concierto bien filmado” (algunos incluso se atrevían a soltar que… ¡estaba mal filmado!), no puedo evitar decir cuatro cosas que me vinieron a la cabeza tras el pase de “Stop making sense”, el concierto de Talking Heads de 1983 que inmortalizó Jonathan Demme.

1) Que aunque que veas un concierto millones de veces en la tele de casa (o en el ordenador), hasta que no te plantas frente a él en pantalla grande, es como si sólo hubieras visto un teaser. Por mucho que te hayas imaginado con todo detalle cómo sería en cine, no has experimentado ni de lejos esa fantasía en la realidad. Yo “Stop making sense”, antes de verla en sala, la podría reproducir de memoria con muñequitos de lego o con marionetas-calcetín si me lo hubieran pedido. Pero en el pase del In-edit a propósito del top 10 de los “Los 100 mejores documentales musicales”, fue como si la viera por primera vez. Y no hablo tanto de la ilusión de estar viendo lo más parecido que podemos tener ahora a un concierto de Talking Heads (con la platea aplaudiendo entre canciones o levantándose para bailar), sino de ese placer tan absoluto que es ver el cine en el cine.

2) Que el cine es puesta en escena y es puesta en imágenes. Tan capital es la escenografía, la iluminación o el vestuario como la filmación de esa escenografía, esa iluminación y ese vestuario. Artes escénicas + artes cinematográficas. Las coreografías de David Byrne coreografiadas a sus vez por Jonathan Demme. Cada canción de “Stop Making Sense” tiene sus particularidades e identidad dentro del plano y en el plano en sí. Una está montada a partir de ligeros contrapicados cortísimos y breves y la otra está resuelta en planos medios más largos y estáticos. A cada tema, la teatralización y la realización que más le conviene; la más exacta y la más expresiva.

3) Que el cuerpo, como a menudo se dice de la voz, es un instrumento más. Aunque la expresividad corporal (normalmente a través del baile) es un pilar en el que reposan muchas artes escénicas (Byrne siempre ha sido un gran conocedor y valedor de la danza moderna, por ejemplo), en los conciertos de pop o rock a veces no es un valor en liza. Pero cuando alguien lo incorpora, marca la diferencia. Ilustres ejemplos hay unos cuantos: Elvis, Jagger, James Brown, Iggy Pop, Michael Jackson o Jarvis Cocker tenían tanto imán por lo que cantaban como por sus movimientos cuando cantaban. Viendo “Stop making sense” de nuevo, redescubrí a Byrne como un animal escénico. Jugaba en la misma categoría de Ian Curtis, Morrissey o Guy Picciotto: sus movimientos eran atípicos, peculiares e incluso histriónicos o artificiales. Por eso, su expresividad corporal podía incluso generar rechazo. Pero era un elemento más que singularizaba su propuesta artística. Nadie se movía como él. Y por eso, si no te repelía, te atraía. Hipnosis.



4) Que un buen concierto ha de tener el mismo crescendo que una buena película. En “Stop making sense”, a pesar de no tener narración alguna, los elementos se van disponiendo en imágenes casi como en una ficción: con planteamiento-nudo-desenlace. De alguna manera, la película se construye dramáticamente sin incluir conflicto alguno. Se crea la ilusión de evolución narrativa a partir del track-list y el numerito escénico que acompañaba a cada canción. De hecho, “Stop making sense” no es la filmación de un único concierto: se grabaron tres actuaciones (algunas sin público) y se escogieron luego las mejores tomas para crear un continuum imbatible como si todo fuera un mismo show, una misma película. Y esa trampa, también es cine.

5) Que la filmación de una actuación de un artista puede transmitir más conocimiento sobre ese artista que no un documental al uso. Y es que los film-concert no dejan de ser un subgénero (bastante ilustre, no nos olvidemos) del documental musical. Que los años han desnaturalizado el formato por sobredosis de actuaciones grabadas a todo lujo pero sin ningún ángulo artístico ni intención expresiva más que la de que se vea y se escuche todo muy bien, no quita que un concierto-película pueda ser la mejor manera de descubrir, comprender y disfrutar de un artista (lo conozcas de antes o no; te guste o no). Viendo “Stop making sense” yo no necesito ni que se me intercalen entrevistas, ni que se me explique la vida privada de los miembros de Talking Heads, ni que salgan otros bustos parlantes a laurear su carrera, recordar anécdotas y decirme lo buenos que eran. Ya lo entiendo todo desde el momento en el que David Byrne sale a escena con un radiocasete. Porque, por si no ha quedado claro todavía, sí, hay conciertos que son mucho más que un concierto.

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Una respuesta a Reflexiones post-“Stop making sense”

  1. bnsdanu dijo:

    Genial🙂

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