Aaron Sorkin: idealismo, verborrea, erudición

aaron sorkin

Del Aaron Sorkin guionista de cine ya he divagado en este blog para bien y para mal. Del Sorkin persona-personaje, tan endiosado, pedante y fanfarrón en su condición de creador todopoderoso, creo que no me voy a molestar a escribir ni media línea (como sea la mitad de cretino que parecía en su auto-caricatura de “Entourage”…). Pero al autor-Sorkin, al genio de la ficción televisiva, aunque he ido salpicando de referencias a “El ala oeste de la Casa Blanca” no pocos posts, creo que nunca lo he cogido por los cuernos. “The newsroom” va a ser la excusa, pues, para pegar cuatro capotazos.

el ala oeste de la casa blanca

“El ala oeste de la Casa Blanca” sigue pareciéndome un techo de la creación televisiva. Al menos durante las cuatro primeras temporadas que capitaneó Sorkin, la serie era todo lo buena que la caja puede llegar a ser. La excelencia híper-condensada en capítulos de 40 minutos. Los defectos de esta serie estaban tan a la vista (didactismo, patriotismo, idealismo…), que una vez aceptados, todo lo demás era gozo. El endiablado mecanismo de ficción que ponía en marcha las cuitas gubernamentales de un ejecutivo utópico en el país más poderoso del mundo era de virguería. Tramas y conflictos pesados que se entrelazaban y resolvían con gracia de bailarina, diálogos que alentaban al espectador siempre a ser más inteligente y no más lerdo, personajes inolvidables dimensionados con múltiples trazos y múltiples ángulos, con tanta luz como tinieblas… Y todo esto soltado pisando el gas hasta el fondo, como en las primeras temporadas de “Urgencias”. No había tiempo para ir a la nevera o al baño. Ni sentías siquiera la necesidad: la pantalla te imantaba, te succionaba, te secuestraba. Como si Howard Hawks estuviera ejecutando una serie pensada por Frank Capra, el magnetismo de ver en “El ala oeste de la Casa Blanca” a unos señores profesionales dando lo mejor de sí mismos entre marrones leves y situaciones extremas era superior al 95% de ficciones televisivas contemporáneas y, tristemente, al 100% de las gestiones políticas reales de su tiempo (coincidió con los años Bush, con los años Aznar).

sports night

La admiración por Sorkin me llevó a escarbar en “Sports night”, una ficción sobre el equipo de un noticiario deportivo anterior a “The West wing”, que la ABC maltrató tanto como pudo. Indecisos sobre si lo que tenían en antena era drama, era comedia o eran las dos cosas a la vez, un día le ponían risas enlatadas, al otro se las quitaban y al siguiente las esparcían con cuentagotas. Un despropósito de estrategia de emisión, de venta de producto, que tuvo a Sorkin rebanándose el ingenio en los primeros capítulos para cuadrar sus intenciones con las de la cadena y arrojando la toalla en los últimos ante la imposibilidad del reto.

studio 60

Algo parecido sucedió con “Studio 60”, posterior a “The west wing”. El retorno redentor de Sorkin a la TV después de sus excesos profesionales y nasales, fue una propuesta ombliguista de tv dentro de la tv que iba claramente de más a menos. Tras la vigorosa, como siempre, aparición de John Goodman en el capítulo 7 (quizá el 6, quizá el 8), la serie tomaba unos derroteros romanticones difícilmente soportables. Cambiaba el tono, cambiaba el enfoque, cambiaba el interés. Si, en general, la serie ya era liviana, aunque entretenida, a partir de cierto momento, la cosa se aguaba hasta la intrascendencia. “30 rock”, su gemela y competidora en clave sitcom, la doblegó en densidad, en pegada y en metalenguaje.

the newsroom

Y ahora, ahí estamos de nuevo con “The Newsroom”, en las bambalinas de otro programa de televisión inventado. Esta vez, como el show ficticio es de noticias, Sorkin vuelve a poner la tilde en la política. La serie, no podría ser más pro-Obama, en este sentido. Aunque, no creo que sea ése el principal problema. “The newsroom”, para empezar, peca de endogamia y esboza una sospecha: Sorkin ya sólo sabe hablar de TV (aunque sea de periodismo en TV), porque no conoce ya otras realidades. Desconexión con el mundo, pues. Y para terminar, si en otra época no era bueno que Sorkin tuviera tantas interferencias por parte de la cadena, ahora no sé si es bueno que tenga tanta carta blanca por parte de la HBO. Una cita a Cervantes (con error incluído), pase; dos, bueno; dos a Cervantes y una a Shakespeare ya es sacarse demasiado la picha. Ya sabemos que eres leído, Aaron. Ya sabemos que tus personajes también son tipos cultivados, vale. Pero, quizá, si en lugar de una hora y pico de duración, te hubieran enjaulado en 40 minutos, a lo mejor 50, hubieras apretado y podado más el texto, que hay secuencias en despachos que se hacen eternas y lo tuyo son más las discusiones de pasillo, sin mirar siquiera al interlocutor. ¿Estoy siendo muy exigente? El propio Sorkin me ha educado televisivamente para ser así. Me chifla su idealismo, su verborrea, su erudición. Pero aunque la receta es la misma de siempre, esta vez podía estar algo mejor emplatada.

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No me gusta escribir gratis, pero mira...
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