Pere Calders

pere calders

Me encanta la foto de aquí arriba de Pere Calders. Parece cualquier cosa menos el grandísimo escritor que era. O sí: también parece un grandísimo escritor. Uno de esos que nunca presumieron de ser todo los buenos que eran y, precisamente por eso, eran todavía mejores. Risueño como si bajo su (des)peinado no bulleran mil y una ideas, campechano como un rey ibérico (y era uno: el monarca del cuento en lengua catalana), casual como quien sabe que la normalidad es sólo una convención para ocultar verdades y consciente de que no hay que tomarse nada demasiado en serio, empezando por uno mismo. De hecho, bien mirado, parece más un dibujante que un escritor. Y es que lo fue. Eso explica, entre otras cosas, su habilidad para representar la realidad deformándola, caricaturizándola y sintetizándola en cuatro rasgos de ficción fantástica que la explicaban mejor que cualquier tentativa hiperrealista.

cròniques de la veritat oculta

Este año se cumple el centenario de su nacimiento. Se avecinan (de hecho, ya tienen lugar) todo tipo de actos, festejos y homenajes del todo merecidos y justificados, por supuesto. Era un grande. Su primoroso dominio de la lengua estaba siempre al servicio del cuento, formato que manejaba con virtuosismo, algún que otro giro experimentador y bastante ánimo juguetón. En fabuloso vaivén entre el absurdo, el existencialismo y la fantasía, Calders revelaba imprevistas certezas, verdades inexplicables y escenarios desconcertantes, que así se llaman las tres partes que componen “Cròniques de la veritat oculta”, aquel libro que me hicieron leer en BUP para que aprendiera… ¿a contemplar el mundo de otra manera? ¿a saberme extraño en cualquier entorno y, quizá por esa consciencia, estar cómodo en cualquier escenario? ¿a manejarme de manera cabal ante situaciones inverosímiles?

calders bar

Calders vino a uno de los pocos actos de la Facultad de periodismo de principios de los 90 a los que asistí por convicción, no por obligación. Para aquel entonces, ya era un yayo entrañable , aunque todavía vivaracho. Rechazaba el halago y se auto-desmitificaba en todo momento, aunque tampoco se refugiaba en la falsa modestia. Quitó hierro a su exilio mejicano, habló maravillas de su cuñado Tisner, de Álvaro Cunqueiro y de Joan Perucho (¡qué menos!) y confesó que se flipaba con los relojes. Pero no con relojes antiguos de coleccionista, sino con los nuevos, los digitales, los que llevaban luz incorporada o, mejor aún, ¡una calculadora! Ahora alucinaría con los smart-phones, seguro. El próximo vermut de Falset que me tome en el Calders, será en su honor… si es que no lo eran ya todos los que me he tomado en la esquina de ese callejón.

Acerca de ponkipons

No me gusta escribir gratis, pero mira...
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