“La puerta del cielo”

Si siempre he pensado que “La puerta del cielo” es un western viscontiniano es por culpa de la majestad de su arranque. El acto de graduación en la universidad de Yale, promoción 1870, está coreografiado con ese sentido de la armonía, y por tanto de la belleza, que separa lo grandioso de lo grandilocuente. Si en su película inmediatamente anterior, “El cazador”, Michael Cimino deslumbraba en su primer acto gracias a aquella inolvidable boda ortodoxa, aquí otro tipo de ceremonia litúrgica sirve de pórtico de entrada al film. Tan pronto lo atravesamos, vemos como los licenciados de Harvard que protagonizan el inicio de “La puerta del cielo” se aprestan a salir al mundo en un último rito de felicidad: bailes embriagadores, enamoramientos esquivos, alguna gamberrada inofensiva, alguna pelea menor y algún discurso formal. Joseph Cotten, el reverendo encargado de ofrecer la lección magistral de clausura del curso académico, insta a sus recién titulados a civilizar, culturizar y llevar el orden a un tiempo y un país, Estados Unidos a finales del S XIX, que se extiende hacia el oeste a lo largo de tres husos horarios en los que impera la barbarie y la ley del más rápido. Así que todos estos personajes, todos tan educados y hasta relamidos en esta presentación, van a acabar metidos en una historia de violencia… y en una Historia de violencia, también con H mayúscula.

La Historia, esta vez la del cine, recuerda “La puerta del cielo” como uno de los más sonados batacazos de Hollywood. La película que hundió a United Artists. La película que debía haber ganado 44 millones de $ para cubrir gastos y sólo consiguió 3. La obra de un director-autor con carta blanca que convenció a los estudios de que a partir de entonces era mejor ceñirse a hacer productos con profesionales obedientes. La gran superproducción que anunció el fin de las superproducciones (al menos de las adultas: la era del blockbuster infantiloide se solapó en el tiempo con ella). La película que todo el mundo detestó (las críticas de la época son salvajes). La película que debería haber arrasado en los óscar de su 1980 y la Academia no le hizo ni caso… y años después premió la más o menos similar aunque muy inferior “Bailando con lobos”. No, si es que… anda que… pos sí que…

Demasiado exigente y, ejem, rara, para tanto fasto, “La puerta del cielo” podría embelesarme simplemente por mi simpatía parafílica por el fracaso (ya rondé el tema aquí). Pero es que al margen del balance de gastos e ingresos estrictamente industrial, creo que la tercera película de Cimino es, en términos creativos, un triunfo rotundo. Es “Días del cielo” con desproporción operística. No es que tenga la hermosura, el caudal y la vibración de un arte perdido, es que tiene la hermosura, el caudal y la vibración del arte verdadero. Y aquí ya no sólo me limito a tasar su principio, sino sus más de tres horas (director’s cut obligado). En cada una de sus secuencias hay sensibilidad, hay garra, hay sabiduría y hay carácter.

Además del link de su principio ligeramente recortado que adjunto más abajo, no puedo evitar añadir dos fugas musicales más de este drama del oeste, desmesurado y cruel, arrebatado y orquestado todo él con batuta maestra: aquí os dejo el episodio de proto – roller – skate disco, y la delicatessen que sigue a esta escena, gentileza esta vez del Kristofferson y la Huppert.

Acerca de ponkipons

No me gusta escribir gratis, pero mira...
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