D’A

A poco que seas aficionado y/o estés obligado a ir a festivales de cine, corres el riesgo de pisar poco la realidad, pasarte de listo (un mal que nos aqueja a gran parte del gremio del periodismo cinematográfico) y no valorar en su justa medida el D’A, el Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona que acabó ayer. Porque, quizá en nuestro privilegio hayamos visto varios de los títulos programados en esta muestra en las pantallas de otros festivales, pero eso no quiere decir que el grueso de espectadores de Barcelona las haya visto. Y como la selección del D’A es tan exquisita (gran paladar el de los programadores), la feliz oportunidad de ver en cine muchas películas que nunca se van a estrenar en esta ciudad hay que celebrarla como tal: como un festín de gran cine amenazado de ser ignorado por la cartelera y por el espectador de a pie que no tiene la suerte (¿buena? ¿mala?) de ir a otros certámenes.

Lo que sigue no es una crónica del D’A. Tampoco es un engarce de críticas de algunas de las películas vistas. Ni siquiera es una selección de los mejores títulos. Es una suma de reflexiones a costa de tres películas. Pajaritos que el cine, algún tipo de cine, me mete en la cabeza.

1. ¿Por qué el clasicismo tiende a ser tan aplaudido cuando abraza el género noir y cuando tantea otros géneros de raíz igualmente clásica suele despacharse simplemente como si se tratara de un mero ejercicio de estilo? Quiero decir: “Zodiac” de David Fincher es tan homenaje-fotocopia del thriller 70’s como “Lejos del cielo” de Todd Haynes del melodrama 50’s, por ejemplo. Sin embargo, las más de las veces, una es elevada al linaje de cine imprescindible y contemporáneo y la otra arrinconada en el cajón del capricho simpático y retro. Algo parecido pensé mientras veía “The deep blue sea” de Terence Davies. Melodramón british de luz, música y tiempo particularísimo (como todo el cine del gran Davies), es esta una película de un clasicismo excelso. Resuenan en ella Graham Greene, algo de Powell-Pressburger y algo del David Lean intimista. Sin embargo, tengo el temor de que cuando se estrene gustará (¿cómo no va a gustar?), pero no se aupará a categoría. Se valorará sólo como gran cine de género, pero no como gran cine. ¿Me equivoco? Ojalá. Si fuera un thriller

2. Un director vale lo que vale su última película. Topicazo, pero verdad. A Nuri Bilge Ceylan se le tiene en cuarentena porque “Tres monos” o “Los climas” no brillaban tanto, es cierto, como “Uzak (lejano)”. Entre eso y que a la gente le cuesta entrar en una sala para ver una película de dos horas y media (a no ser que sea de, yo qué sé, Peter Jackson o James Cameron), “Once upon a time in Anatolia” no fue recibida como merecía. Y es tan buena, o casi, como “Uzak”. Un tratado sobre el spleen rural que hace de la repetición del paisaje y la charla intranscendete un arte de gran caligrafía y mayor hondura melancólica. ¿Dónde está enterrado el cadáver? ¿Quién es realmente el culpable? Respuestas a un macguffin’ que sólo interesan a Boyero (y acólitos).

3. “Uy, cine político ¡qué palo!”. Pues, no. “El estudiante“ de Santiago Mitre mantiene tensión a lo largo de todo su metraje. “Yo ya tengo suficiente con la política real para tragarme ahora dos horas de política-ficción”. Pues, tampoco. Quizá un ejercicio de ficción, como toda la buena ficción, te ayude a entender más o mejor la realidad. “Es que hay muchas cosas que no se entienden, mucho lío”. Pues como “Matrix”. O como “El topo”. Es posible que a mí me baste con ver a un tipo que va a cruzar una puerta para querer saber que hay detrás de esa puerta. Los detalles de la verborrea tienen un interés relativo: si los pillas, bien; y si no, pues tampoco impiden que disfrutes la película, aún sin comprender el 100% de la misma. En el caso de “El estudiante”, basta con seguir la evolución del personaje principal para degustar la película en positivo: en un arco semejante al del protagonista de “Los idus de marzo”, el estudiante de este film aprende por las malas que la traición política sólo duele cuando hay ideales de por medio. Si sólo estás en el ajo por las intrigas, la seducción del rival/aliado y el mamoneo (por las formas, vamos), entonces la puñalada trapera es sólo un lance más del juego.

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