Lo que no pude decir de “Los pasos dobles”

Ya me disculparéis el símil sergioleonesco, pero ya que hablo de cine creo que es más perdonable: en el siempre siniestro gremio de la crítica prevalece el que dispara primero, no el que tiene más puntería. Es decir: quien lee, ve o escucha antes que los demás tiene más números para escribir la crítica que quien lee, ve o escucha mejor. No es ninguna gran revelación. Todos los que con mayor o menor dedicación estamos metidos en el ajo de la opinión a sueldo lo sabemos. Son las reglas del juego. Así que regañamos dientes pero aceptamos que a menudo nos quedamos sin decir nada de las obras que más ganas tenemos de comentar. ¿Espinas clavadas? Un zarzal entero.

En mi caso, “Los pasos dobles” es una espina de las más recientes. No es que crea que soy el más apropiado para hablar de ella, o el que pueda decir cosas más interesantes, o que no se han dicho (de hecho, por ejemplo, suscribiría el excelente texto de Eulàlia Iglesias para Rockdelux letra por letra). Pero sí es una peli que me dejó muchas cosas dentro que nunca pude sacar por haber llegado de los últimos en esta loca y stressante carrera de la crítica detrás de la liebre de la actualidad.

Estas prisas y ansiedad patológicas tan de la profesión periodística (con tanto trabajador autónomo, qué queréis) se podrían solucionar charlando sobre las obras en cuestión en otros cenáculos, claro, que tampoco hace falta hacer públicas todas nuestras reflexiones. Pero a veces la cosa es más complicada de lo que parece: sobretodo si sucede como con “Los pasos dobles”, que no fue a verla apenas nadie, ni siquiera los amigos que te aguantan la chapa habitualmente. Y no es de extrañar, con lo vergonzosamente poco que la mantuvieron en cartel. ¿Una concha de oro en Donosti merece semejante maltrato de exhibición? Y sin lo de la concha de oro: ¿una película española tan magnífica lo merece? Y sin lo de española: ¿un film así de bueno lo merece? En fin…

En este particular además, he tenido incluso la rara posibilidad de comentar la película con el propio autor fuera del círculo promocional de entrevistas. No es que Isaki Lacuesta sea amigo mío, pero sí, quizá, amigo de festival, esa variante de la amistad que se forja en maratones de proyecciones, coincidencias en mesas de restaurante y encuentros a altas horas de carnaval y barbarie. Pero durante el fin de semana de convivencias de un festival de cine, tampoco es cuestión de importunar al otro comiéndole la oreja sobre lo que te ha parecido su película, acaso deslenguado gracias a una transfusión de Seagrams y quinina carbonatada. En esas horas en las que no hay que decir ni escuchar las cosas demasiado en serio, no es plan.

Así que, medio año después de su mal estreno, aquí sigo. Guardándome que “Los pasos dobles” es como una auca o un romance de ciego sobre François Augiéras que nos cuenta y pinta Miquel Barceló; rumiando que me da igual no conocer de antes a este pintor-escritor-aventurero al que se tragó África, que por mí como si se lo ha inventado Isaki: como en “El hombre que mató a Liberty Valance”, la película imprime la leyenda. Por eso también, la expedición que sigue sus rastros años después sólo encuentra de Augiéras fabulosas mentiras y mitologia transmitida oralmente… ¿Que “Los pasos dobles” además de recordarme a Claire Denis, Jean Rouch o “Simón del desierto”, como han dicho antes, me trae a la cabeza además a “Grupo salvaje”, a Joseph Conrad y a la literatura picaresca? Pues, también me lo quedo para mí. Qué le vamos a hacer. Algún día ya tendré oportunidad de compartir estas ideas con vosotros.

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2 respuestas a Lo que no pude decir de “Los pasos dobles”

  1. Fernando Palmero dijo:

    “Nunca empieces una presentación con una disculpa…” Si tiene algo que decir dígalo el tiempo se nos escurre entre las justificaciones, los amigos se alejan y lo importante queda deslucido. Gracias por el intento de todas formas.

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