Películas en 3D e historias en 3D

La primera peli que vi en 3D, del moderno con gafas tochas y entrada carera, fue “Lluvía de albondigas” (aunque bien mirado, todo el 3D añejo, tipo “Los crímenes del museo de cera”, lo vi en el glorioso 2D de la tele de tubo de mi casa). Siguiendo una lógica muy de treintañero con desorden alimenticio adquirido y glotonería innata, pensé: “si he de tener la sensación de que algo se me cae encima, mejor que sea comida…”.

La primera vez que flipé con el tratamiento 3D de una película fue con “Gru, mi villano favorito” (porque reconozco que me costó mucho hacerme el loco con “Avatar” e ignorar que se trata de una peli de mundos con dos lunas y estética digna del Moebius menos defendible, los tattoos más vomitables o los posters serigrafiados de los 80). Durante los créditos finales, los bichejos amarillos que ayudan a Gru ponían a prueba el efecto 3D en simpáticos gags que intentaban forzar al máximo la sensación de profundidad y relieve del espectador. Ahí sí que noté que estaban jugando con mi percepción. Aquello era una experiencia que mi ojo desconocía. Recuperaba una inocencia perdida por sospechoso habitual de la platea y me maravillaba de nuevo ante la capacidad del cine para producir ilusiones sensoriales. ¿Era este tipo de excitación ante los prodigios del cinematógrafo la misma que sintieron los primeros espectadores de “La llegada del tren”, “El cantor de jazz”, “La túnica sagrada”? ¿O era una simple experiencia-espectáculo rollo Imax?

La primera película en la que el 3D me pareció que viraba del vértigo de la imagen al vértigo de la mirada fue “Pina”. Uy sí, qué arty eres (venga va, hombre, que acabo de reconocer que flipé con “Gru, mi villano favorito”). El efecto tridimensional enriquecía en “Pina” el punto de vista del espectador sobre las artes escénicas de manera inaudita. Después de este título, filmar sin 3D la danza o cualquier cosa que suceda sobre un entarimado ya no parece posible. O parece mucho más pobre. Es como si esta técnica se hubiera inventado para darle por fin la profundidad y la presencia en pantalla que durante décadas estaban pediendo a gritos el teatro, la danza o la ópera filmadas.

La primera vez que el 3D me ha parecido que era parte fundamental en la historia y la propuesta global de una película ha sido con “La invención de Hugo”. Ya no es simplemente un efecto añadido porque así lo pide el signo de los tiempos. Ya no parece tampoco que se hayan inventado todo el film, desde el guión hasta la puesta en imágenes, subordinándolo a este efecto visual (hay taaanto ejemplos de este último caso…). En “Hugo”, el 3D significa. Es indispensable para que la película active la totalidad de su discurso, para que acabe de decir todo lo que quiere decir.

Hay en “La invención de Hugo” un muy obvio didactismo sobre la historia del cine orientado claramente a las nuevas generaciones de espectadores: hubo un señor llamado Méliès que introdujo el elemento fantaseador, artificioso y escapista en el cine. En sus películas, intuyó y activó la capacidad de imaginar de un medio que hasta entonces sólo se dedicaba a observar. Pero, de alguna manera, Martin Scorsese incorpora en “Hugo” otra enseñanza destinada al público más senior, especialmente al de la cofradía de los cascarrabias: la técnica 3D con la que está hecha la película no deja de ser un equivalente moderno de los trucajes que hacía Méliès; un recurso técnico que el cine se inventa y utiliza en estos últimos años para poder seguir produciendo ilusiones y ofreciendo posibilidades de fuga para espectadores que necesitan un nuevo analgésico para los dolores de cabeza de la realidad. Es el humo y espejos de nuestro tiempo.

De aquí a poco, ya nadie cuestionará y opondrá (absurda) resistencia al 3D porque ya estará perfectamente integrado en el cine, quizá también en la tele. Ya no harán falta ni gafas ni pagar de más ni ná. Entraremos en la sala y las pelis serán en 3D. Y ya está. Igual que hubo un día que se entraba en las salas y las pelis eran sonoras. O eran en color. O eran en scope.

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