Así se empieza una película

Inicio una nueva serie/categoría/sección (aún no sé muy bien cómo llamar a estas cosas) sobre principios de películas. Porque, como en el tenis, el saque es importante. No sólo porque algunos films salgan con un ace que te deja clavado en el puesto, sino porque en su comienzo, toda película pacta algo con el espectador. ¿Qué es esto que empieza? ¿Qué se me está prometiendo? ¿Me están anunciando acaso prodigios inminentes? ¿O es esto, en realidad, una maniobra de distracción? ¿Quién y por qué me está cogiendo de las solapas nada más empezar?

No estoy hablando tanto de títulos de crédito y bandas sonoras, que eso merece y probablemente tendrá otra serie/categoría/sección, sino del arranque del film propiamente dicho (aunque los créditos en muchos casos forman parte de él, sí, lo sé). Y no me haría justicia a mí mismo ni a mi historial delictivo como espectador, sino empezara esta serie/categoría/sección con mi admiradísimo Samuel Fuller.

Quizá porque el tito Sam había sido periodista y sabía que un buen titular y un buen lead son un anzuelo fundamental, quizá porque había sido soldado y comprendía que el que dispara primero, dispara dos veces, la verdad es que la ignición de casi todas sus películas no puede ser más explosiva. La secuencia muda del metro de “Manos peligrosas”, el campo sembrado de cadáveres de “Yuma”, la pelea con Constance Towers calva de “Una luz en el hampa”, la vedette a la carrera por las calles de L.A en “El kimono rojo”… Uff, cuesta quedarse con uno de sus principios. O no: “Forty guns”, para mí, es EL PRINCIPIO.

Recuerdo haber leído mucho sobre “Forty guns” antes de que finalmente consiguiera verla (eran tiempos no ya sólo pre-descargas, sino pre-DVDs…). Quim Casas o José María Latorre escribían maravillas de ella. Sobretodo, destacaban el principio. Algunos otros, sin embargo, recriminaban a Fuller que no toda la película fuera tan brillante como su puesta en marcha. Para el caso era lo mismo: también destacaban el principio. Y entonces, es cuando vi el viaje personal de Martin Scorsese a través de la historia del cine americano. Dentro de las más de 3 horas de documental, Martin había incluido ese inicio, que a él, claro, también le volvía loco. Lo vi en la pantalla del televisor (y esto es algo para ver en grande, creedme), pero igualmente me hizo saltar del sofá: Barbara Stanwyck y sus 40 pistoleros vestidos de oscuro galopan en fila por una loma en despampanante blanco y negro y scope. Tal que así (pero en inglés, que sólo he encontrado un link en portugués):

Entre la presentación alucinada de un personaje y el planteamiento casi metafórico de un conflicto (la carreta con el nuevo sheriff del pueblo y sus dos hermanos es un obstáculo que estas 40 pistolas sortean en su cabalgada antes de créditos), “40 guns” se te abría ante los ojos con toda la vehemencia, toda la fiebre y toda la inventiva bizarra que la película atesora. Porque los que decían que tras este inicio este film primo-hermano de “Johnny Guitar” y “Encubridora” se deshincha, estaban muy equivocados: todo él es un dechado de imaginación y delirio (en contenido, en narrativa, en estética) y una de las películas que transpira más pasión por hacer cine que haya podido ver. Éxtasis y gloria de la serie B. Sin esta peli, me cuesta imaginarme no sólo a Scorsese, sino también a los Coen, a Sam Raimi o a Tarantino.

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No me gusta escribir gratis, pero mira...
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