Cine capitalista (de mierda)

Espantado estoy (bueno, preocupado, no exageremos) con dos películas recientes: “Moneyball” y “La dama de hierro”. Son dos panfletos neoliberales lanzados, con toda la intención, en esta coyuntura de cuestionamiento del modelo capitalista. ¿Qué obtusas y enervantes moralejas encierran estas dos pelis? ¿Por qué se estrenan justo ahora? ¿Hay aquí delito de premeditación y alevosía?

Podría hacerme el loco con “Moneyball: Rompiendo las reglas”, sí, y valorar la película como película y ya está, más allá de que los principios que defienda sean contrarios a los míos (no sería la primera vez que lo hago, claro, pero los otros ejemplos era más ilustres: Ford, Dreyer…). Pero no me da la gana. Me da igual que Aaron Sorkin y Steven Zaillian hayan hecho un guión entretenido de un tema tan árido como las cuentas de un equipo de baseball. Y me la suda que Bennet Miller le haya imprimido a la dirección brío y competencia. Bueno, no, miento: no me da igual. Me molesta. Le han dado un cromado de película “triunfadora” a un film que defiende la deshumanización de los asalariados (sean deportistas de élite o no) hasta reducirlos a meros números; que convierte a una parte de los trabajadores de una empresa deportiva en simples cromos intercambiables (y no a las personas que salen en esos cromos) extremadamente fáciles de despedir: con dos frases de compromiso, sin más explicación, están fuera. Aquí mandan las cuentas. Aquí mandan un empresario emprendedor (cada vez detesto más esta mítica del entrepeneur que nos están endilgando) y un genio de la economía de Yale que tiene ideas muy locas sobre un nuevo modelo negocio que aumentará el rendimiento y el beneficio. Que todo cambie para que nadie cambie, que decía Lampedusa. ¿”Rompiendo las reglas”? Y perpetuando el sistema, añadiría yo.

Con “La dama de hierro” (al loro: de la prestigiosa directora Phyllida Lloyd, la responsable de “Mamma mia!”) es más fácil posicionarse porque como película es sencillamente un truño como un puño. Pero al margen de su escaso relieve cinematográfico, la verdad es que un biopic sobre la Thatcher, por bueno que fuera, sería antipático en cualquier época que se estrenara. Pero en estos años de recesión, desaceleración y crisis que estamos viviendo (estos años de mierda, en resumen) es especialmente impertinente. Todo biopic tiene ese halo beatificador tan molesto, que en el caso de Maggie, es además simbólico: con la que está cayendo, ¿es oportuna una hagiografía sobre la gran adalid del libre mercado? ¿Qué nos pretenden decir? ¿Que esta señora salvó las apreturas económicas de su país y su época privatizando todos los servicios públicos posibles? ¿Que echamos de menos a ese tipo de líderes, ese tipo de medidas, ese tipo de políticas? ¡Anda y vete a tu pueblo!

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