“Infierno sobre ruedas”

infierno sobre ruedas

Así como hay géneros clásicos cuyas obras deben rozar la maestría para que me agraden, como el musical, hay otros que a poco que cubran mal que bien el expediente ya me tienen, como el western (lo sé: soy muy típico y muy hetero). No obstante, el western y la tv no siempre me convencen de la misma manera que el western y el cine. No sé muy bien cómo explicarlo, pero es como si el western seriado perdiera la hondura, el matiz y el relieve que el género alcanzó en su edad de oro cinematográfica (de finales de los 30 a finales de los 60, aprox.) y sufriera una regresión al esquematismo un poco infantil (y aún así disfrutable) de los años pre-“La diligencia”.

deadwood

A esta norma que casi no me atrevo a llamar norma, hay excepciones, claro. Y no muy lejanas en el tiempo, precisamente, como la tremenda primera temporada de “Deadwood” o la mini-serie “Los protectores”. Pero con “Infierno sobre ruedas”, serie de la AMC recién estrenada en España por Antena 3 en una apuesta por la ficción de calidad que también incluye “Juego de truños”, tengo mis dudas. Hay algo demasiado S. XXI en este relato del S. XIX. Como cuando en la segunda temporada de “Deadwood” metían a un psicópata: ¿De verdad hacía falta? Joder, si en el western cualquiera se pelabaa a tiros a otro por el simple hecho de mirarle mal en el salón… ¡todos era psychos!

hell on wheels

En “Hell on wheels”, reconozco la trama de venganza arquetípica del género, identifico los perfiles de personajes clásicos (el confederado errante, el indio converso, las fulanas, el reverendo…), me siento afín al paisaje y la circunstancia (el tortuoso tendido de vías del caballo de hierro en territorio virgen) y hasta valoro positivamente las innovaciones (el espectáculo de proto-cine, la topógrafa, el matemático sueco/noruego… ¡incluso Common haciendo de Espartaco de los peones negros!). Pero la serie me chirría. Ignoro si lo que patina es que no hay espesor en las tramas sencillas de tiros o bien no hay ligereza en los lances complejos de la política de concesiones de construcción del ferrocarril. O a lo mejor lo que no me funciona es la masilla invisible que debe unir ambas partes. O quizá sea una cosa de acting, que a excepción de Colm Meaney todos me parecen que van justitos de interpretación. O, de nuevo, me pregunto si la apariencia y factura de la serie me parece demasiado de este tiempo (la música, el montaje, los encuadres, el tempo, la arquitectura del guión…) para hacerme creíble una historia de otra época. Y por época no hablo tanto del S XIX, como de la mitad del S.XX, cuando este tipo de relatos deparaban extraordinarias ficciones cinematográficas como “Union Pacific”. “Hell on wheels”, desafortunadamente, es un ejerció de estilo maqueado para el ojo del público actual que me recuerda más a “Blackthorn”, ay, que a aquella pieza mayúscula de Cecil B. DeMille.

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